Recuerdo la modorra que entraba al viajar en los trenes de antaño. Mecido por el traqueteo del tren, arrullado por el chucuchú de la locomotora, te hundías en el asiento de escay desvencijado y mirabas el paisaje a través de la suciedad secular de las ventanillas. Daba tiempo, en aquellos trayectos, de fijarse en detalles del camino que acabarían perdiéndose para siempre en las vías del olvido. Los trenes de entonces no conocían la prisa, se adentraban tambaleantes en los oscuros túneles del tiempo, brindando al pasajero la oportunidad de vivir cualquier aventura. No se oían pip-pips ni conversaciones a voz en grito a través de artefactos demoniacos, sólo el sonido del viaje, el chirriar de las vías, el clan-clan de los pasos a nivel, el batir de una puerta en las curvas. En la soledad del viaje íntimo podías atreverte a ser tú mismo, al menos por unas horas, o dar rienda suelta sin culpa a la más tórrida de tus fantasías. Eras libre sabiendo, no obstante, que al apearte en tu estación de destino, todo habría sido un sueño.
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