02 octubre 2010

Códigos

Últimamente he venido constatando que en muchos momentos de mi vida cotidiana debo introducir alguna clave para poder llevar a cabo alguna cosa. El gimnasio al que voy a nadar por las mañanas tiene un sistema de acceso a las instalaciones que me parece muy moderno –aunque quizá ya no lo sea tanto–, que consiste en unos controles de paso que han colocado en la entrada, con un aparatito en el cual debo teclear mi número de socia, colocar la mano sobre un lector de huellas dactilares, y si el número corresponde con la imagen que en su día captaron de la palma de mi mano, se desbloquean y me permiten la entrada. La misma operación debo realizarla para entrar y salir de la zona de aguas, que es como llaman al área donde están las saunas y el jacuzzi, y finalmente para abandonar el recinto. Cada mañana tecleo ese número como poco cuatro veces. Las maquinitas no son infalibles, ni yo tampoco, y a menudo no saben decodificar las líneas en las que se escribe mi futuro, o yo me equivoco al introducir los números, o directamente me olvido del código.
Otro dispositivo que me pide siempre un ábrete sésamo es el móvil. Un número más de cuatro cifras que suelo teclear otras tantas veces al día, según las ganas que tenga de encontrarme localizable o sencillamente disponible. También de cuatro cifras es la clave del cajero del banco, necesaria y confidencial para tener acceso a un dinero que cada vez da para menos en el mundo en que vivo. Sin olvidar las claves de acceso a la cuenta del mismo banco en Internet, y la contraseña de mi cuenta de correo electrónico, compuesta de una combinación de letras y números, para mayor seguridad. Todos estos códigos están sujetos a errores, según mi capacidad para recordar cada uno de ellos en el momento oportuno o mi pericia al teclearlos. A la vez, me brindan la oportunidad de acceder a una infinidad de servicios personalizados a mi medida y según mis preferencias, muchos de los cuales afortunadamente todavía desconozco.
Las personas, a pesar de no estar dotadas de componentes electrónicos, también tenemos códigos. A menudo nos encontramos frente a un interlocutor –amigo, familiar, colega de trabajo, pareja– y, creyendo conocer su código de lenguaje, ése que debería permitirnos acceder a su universo de pensamientos, vivencias, preocupaciones y deseos, hasta el punto de que deberíamos poder sentir como él y ver el mundo como él mientras a él le está ocurriendo lo mismo, de repente ocurre algo que nos hace caer en la cuenta de que, en realidad, no es así. Resulta bastante difícil decodificar las claves humanas. Parece como si, por alguna razón, las personas estuviéramos encriptadas y lo que creemos vivir como procesos de comunicación, de comunión de ideas y pensamientos, o de sentimientos, en realidad no es más que una ilusión momentánea pues nos separan abismos conceptuales y emocionales. Afortunadamente, la mayor parte de las veces no nos damos cuenta de que esto ocurre y conseguimos disfrutar de nuestras relaciones interpersonales al sentirnos comprendidos.