28 septiembre 2009

Extremaunción

-Yo he cumplido con lo que se pactó.
Clavó su mirada lúcida en mí. Era imposible que hubiera oído esa frase que de pronto emergió de las profundidades de mi ser pero, extrañamente, algo debió de intuir. La enfermera acabó de explicarme cómo ponerle las dosis de sedantes a través de los parches que tenía en el pecho. En ese momento aceptaba que perdía el control de los acontecimientos, por fin, y que el desenlace era irreversible. Se desconectaba de la realidad, tal como la había conocido, y yo me desconectaba de él, mi padre, la fuente de mi ansiedad.
Esos días la casa estaba llena de gente. Cada uno le decía adiós a su manera, cada película tuvo su propio fin. Yo contemplaba todo en la distancia, como ausente. Me parecía estar detrás de una cámara de video-vigilancia, con toda esa gente moviéndose por los pasillos. Mamá y Rosella no se apartaron de su lado durante los últimos momentos, cuando estaba sedado. Le hacían compañía y le daban cariño en el estadio de inconsciencia, como siempre. A mí me había tocado la consciencia, durante años, y él no había dado su brazo a torcer, ni siquiera al final. No me pidió perdón. La soberbia se fue con él a la tumba.
Cuando una persona te importa poco, no cuesta nada sustituirla. A él no lo pude sustituir porque padre sólo hay uno. No fui capaz de llorar su muerte, no me salió. Pero a nadie pareció importarle, cada uno estaba en su mundo, como siempre había ocurrido. Un buen día, al cabo de los años, entendí algo esencial, pero entonces ya era demasiado tarde. En todos los hombres que habían pasado por mi lecho lo había buscado a él. Les dejaba hacer lo mismo que él me hacía. Papá me quería así y yo quería su amor a pesar del daño. Amor y sufrimiento iban de la mano, no podía ser de otro modo, así me lo enseñó. En el amor no se lloraba, no había lugar para la queja. El placer me estaba prohibido, sólo existía el suyo. El único disfrute que podía obtener era a través de la sumisión a su deseo. La única forma de mitigar la angustia de la pérdida, de conseguir su amor, era entregándole mi sexo. Él estuvo en todos en vida y siguió estándolo una vez muerto. Su dominio era total y lo sabía. Por eso jamás me pidió perdón. Era su forma de no morir nunca. Se inmortalizó a su manera, como todo hijo de vecino.