31 octubre 2009

Destino

Una mañana se despertó y nada más abrir los ojos, aún en la cama, envuelto en el calor del sueño, se dio cuenta de que durante toda su vida había sentido malestar y que de eso había hecho una costumbre. O un vicio. De un pensamiento fue saltando a otro y de pronto entendió que ese dolor no sólo lo había sentido en su fuero interno, sino que lo había transmitido a los demás, especialmente a las personas más cercanas, a las más queridas. Cada vez que eso había sucedido algo le había dicho que no estaba bien, pero no hizo nada. No supo. No pudo. O no quiso. Se dejó llevar por sus demonios, sin más. Hizo daño a conciencia. Súbitamente sintió frío y un espasmo en el vientre lo lanzó al vacío. Se revolvió en las sábanas, se tapó la cabeza con el cobertor, cerró los ojos y deseó que se detuviera el tiempo. Ya nada podía cambiarse. No podía volver atrás, no iba a haber otra oportunidad. La vida no es como una cinta de vídeo, no se puede rebobinar. Abrió los ojos; empezaba un nuevo día. Hacía un tiempo había quitado los espejos de la casa. Eso ahora ya no le servía de nada, era demasiado tarde.