14 noviembre 2009

El paseo

Todos los días pasaban por debajo de mi balcón rumbo a su paseo matutino. Ella con sus piernas flacas ligeramente arqueadas, el pelo teñido de rubio platino, las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, la sonrisa siempre forzada. Él, algo más joven, iba tieso como el palo de una escoba. Tenía una mirada verde de gato, desconfiada y endurecida. Él, el hombre. Nunca le pasaba el brazo por la cintura. Ella, menuda, trotaba a su lado a cierta distancia, como anhelando ese abrazo que no llegaba, alegre y ajena a su resignación, agradecida por su compañía a pesar de todo.