18 abril 2010

Mansión Drappa

Sonó el despertador marcando las ocho. Abrí los ojos tras apenas dos horas de un sueño inquieto y supe enseguida dónde estaba: en Madrid, contigo. Giré la cabeza para mirarte y estabas vuelto hacia mí, con los ojos entreabiertos, pero te hiciste el dormido. Miré de nuevo hacia la ventana y vi el cielo a través de mis pestañas. Una luz azul invadía el comedor del piso diminuto de tus amigos y pensé que ya había llegado el momento, ni antes ni después, y que estaba preparada.
–Gracias, Dios mío, murmuraste.
Luego me abrazaste de esa manera tan tuya con la que evitas el sufrimiento, marcando distancias. Nos levantamos, nos vestimos rápidamente, recogimos las mochilas y el cargamento de bolsas, y salimos a la calle. En la acera de enfrente dos perros peleaban; se asían por las mandíbulas y aullaban de dolor ante la impotencia de sus amos. El metro estaba como está el metro en las mañanas de domingo, silencioso y con gente adormilada yendo de un lado para otro por pasillos y escaleras que se pierden en la inmensidad subterránea.
Tardamos menos de lo previsto en llegar al aeropuerto, así que te propuse tomar un desayuno, como tantas veces. Decidiste que los bocadillos estaban demasiado caros y nos comimos uno gratis. No parabas de mirar la hora en el reloj de la cafetería; a las once y cuarto embarcabas, y a las doce en punto salía tu avión. Hablamos de los planes, de las buenas intenciones, de los malentendidos, de esa línea tan fina por la que siento que caminas. Me decías: “Dime más”. Se te llenaron los ojos de lágrimas y la barbilla te temblaba. Yo no sabía si reír o llorar.
A las once y diez en punto fuimos hacia el puesto de control de pasaportes. “¿Te vas tranquilo?”, “Sí”, contestaste. Nos besamos rápido, como no se besan los amigos, y te vi marcharte con tu camiseta azul y tu chaqueta de pana, el sombrerito negro, cargado de bolsas y mandándome un beso por el aire y una sonrisa. Tras pasar la máquina de rayos X, te giraste para mirarme por última vez, con la mirada perdida, pero no me viste. Un guardia te indicó cómo llegar a la puerta de embarque. Te vi seguir por tu camino sin poder creer lo que estaba ocurriendo, aliviada también.