25 abril 2010

Manías dominicales

Ese día había 37 barcos en el horizonte. Era una de sus manías, contarlos desde la playa. Tenía otras: beber un vaso de agua justo antes de salir de casa, cerrar mentalmente la puerta después de echar la llave para evitar que se colaran los ladrones, encontrar cosas en las nubes, secar las gotas de agua del grifo de la ducha, o buscar billetes olvidados en los cajeros automáticos. No eran manías evidentes, hacía falta conocerla bien para darse cuenta de ellas, y en ocasiones ni siquiera.
Sus ojos tras las gafas oscuras recorrieron el mar, las palmeras del paseo, la playa, los niños jugando en la orilla, y se posaron en una figura yacente en la arena. Al verla, se estremeció. Ninguno de los dos apartó la mirada. El tiempo dejó de ser tiempo, el instante se cristalizó en el paisaje, todo lo demás dejó de existir para siempre. En casa estaría él, leyendo la prensa. En su ausencia se habría hecho una paja delante del ordenador. Eso también había dejado de importar, como tantas otras cosas. La playa se convertiría desde ese momento en un nuevo lugar, tendría un papel distinto al de cada domingo. Dejaba ya de ser el refugio al que acudía en soledad para secar las cicatrices semanales.
Tras la señal convenida se iniciaba el ritual: los pasos rápidos por las sombras de las calles estrechas, el timbre del interfono, una escalera interminable hasta el cielo, la puerta entreabierta, el sonido de una persiana al bajar, los zapatos en el parquet blanco, el aroma familiar en las sábanas, el salitre del pelo, gemidos sin promesas. Al acabar ella iba a la playa, sola, a darse un baño, rito inverso de la purificación, para poder volver a casa, donde nada había cambiado, donde todo seguía igual, tal como lo había dejado.