13 enero 2011

Floración

Se frotó el ojo y un temblor le recorrió la piel. Estaba cansada. Un té caliente le sentaría bien. Fue a la cocina. Ejecutó el ritual de forma automática, tomó la taza hirviendo y se abandonó, rendida, en el fondo del sillón. Sorbió el té a poquitos, sintiendo en la lengua la tibieza del líquido humeante. De repente, algo raro ocurrió debajo de su camiseta. Se la levantó y vio que le habían salido pezones por debajo de las tetas. Tres. Uno de ellos, a la izquierda, en el vientre, formaba una teta del mismo tamaño que las suyas. Había dos más, en la parte derecha del vientre: una a la altura de la boca del estómago y otra más abajo. Las tocó, parecían unas tetas adolescentes. Concretamente la izquierda, la más grande, pesaba, le recordaba a un testículo, aunque claramente no lo era, era una teta. Tendré que ir al médico, pensó, a ver de qué puede ser esto. Se bajó la camiseta y se quedó inmóvil. Al rato notó algo abultado que crecía bajo la ropa. Levantó de nuevo la tela y vio que sus tetas, las nuevas, habían florecido. De la izquierda, la más grande, salía una flor muy delicada, con un tallo verde fino y florecillas de color blanco y malva. De las dos de la derecha salía muérdago, de una, y hiedra, de la otra. Se bajó la camiseta y, al cabo de un rato, notó algo raro otra vez. Las flores y las plantas estaban cayendo. Las tomó entre las manos y las metió con sumo cuidado en una bolsa de plástico, abultaban mucho. Inspeccionó sus nuevos pezones y comprobó que todo se había reducido. Sólo quedaban unos puntitos en la piel. Luego, guardó la bolsa para llevarla al médico.