Cojeaba. Esperó que ella lo ayudara a bajarse del taxi, pero no fue así. Al salir del vehículo el sol invernal lo deslumbró. Era agradable sentirlo en la cara. El cuerpo le pesaba; una noche en urgencias cansa. Metió las manos en los bolsillos del chaquetón y la siguió. Volvía al barrio como quien vuelve de la guerra, machacado. Ella andaba dos pasos por delante, más molesta que seria. Y ahora esto, con el lío que ya tengo. Otra vez me va a tocar cargar con todo. El trabajo, la casa, los niños. No le ofreció el brazo, él tampoco hizo ademán de necesitarlo. Con el cansancio llegaban las primeras imágenes. El coche que salió de no sé sabe dónde, el frenazo, el ruido del casco en el asfalto, negro, gritos, la sirena, una voz de mujer que preguntaba, blanco, me ahogo, mi mujer, llamen a mi mujer. Nada más. Se mareó. Apoyó la mano en un edificio y respiró hondo. La vio llegar a la esquina de la calle. Se giró. Se miraron.
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