05 julio 2009

Mendigos

Desde siempre me han gustado. Esos seres prisioneros de la miseria y a la vez tan libres no dejan de sorprenderme. Algunas imágenes no se me borran. Recuerdo la mendiga que contaba monedas en un parterre de un parque urbano, en medio del tráfico de la ciudad. El mendigo sentado en un banco bajo un árbol, escribiendo literatura universal en un rollo de papel de váter que se arremolinaba en las farolas y las papeleras, mecido por el aire. La mirada cansada del que empujaba su carrito lleno de cachivaches y me sorprendió mirándolo desde el calor de mi ventana un día de invierno. En una ocasión uno me soltó que si por la belleza hubiera que pagar impuestos estaría arruinada. Hubo otro que daba de comer migas de pan a las palomas. El que pedía en medio de una noche lluviosa en una calle no transitada cual estatua. Uno me pidió algo por la calle y cuando le di el bocadillo que me acababa de comprar en una panadería me preguntó: "¿Y tú?". Otro comía restos directamente del contenedor de la basura. El que se masturbaba dormido en el banco de un aeropuerto. La mendiga que peinaba las crines rubio platino de un caballo de juguete. El mendigo que se enfrentó a un ladrón de bicicletas al que había pillado in fraganti y prometió vigilarme la mía a cambio de una moneda, y luego me dio la mano y dos besos.