27 mayo 2009

Roma

Si las piedras de Roma pudieran hablar nos contarían que hace algo menos de dos mil años, hordas de plebeyos se agolpaban en las entradas del Coliseo para ver luchas de gladiadores, peleas de animales y ejecuciones de prisioneros, y otros espectáculos cuyo fin era, básicamente, entretener al personal. El anfiteatro más grande de todo el Imperio era un símbolo indudable del poderío de los emperadores romanos y sus vástagos. El Coliseo poseía un aforo para unos 50.000 espectadores, con ochenta filas de gradas. Los que estaban cerca de la arena eran el emperador y los senadores, y a medida que se ascendía gradas arriba se situaban los estratos inferiores de la sociedad.
Han pasado casi veinte siglos y las cosas no han cambiado mucho, que digamos. El Estadio Olímpico de Roma, con capacidad para 72.698 espectadores, acogerá esta noche a hordas de plebeyos llegados de todas partes, muchos de ellos en aviones low-cost fletados para la ocasión. Emperadores de poca monta de por lo menos tres nacionalidades (aunque vaya usted a saber, pues los colores azulgrana no se sabe a ciencia cierta a cuántas representa) se sentarán en el palco oficial con sus pulgares preparados para el veredicto final. Y gladiadores armados de zapatillas, camisetas y calzones de élite, demostrarán al mundo a través de miles de cámaras que son los ases del balón. El Estadio de Roma es un símbolo indudable del poderío de un sistema que convierte en héroes a los que chutan una pelota por millones de euros.
Mientras tanto, como hace un poco menos de dos mil años, sigue habiendo desigualdad entre el populacho y las clases dominantes, se producen desastres que con algo de buena voluntad por parte de los dirigentes se podrían haber evitado, guerras imperiales por el poder de los territorios, y un largo etcétera que ya conocemos. O sea, que pan y circo.