18 enero 2010

Sobremesa

-¿Tú qué crees?
-No sé qué decirte.
Me miró. La miré. Luego miró el plato vacío. Yo miré por la ventana.
El pavimento brillaba bajo la luz de las farolas. Había llovido todo el día. Mañana sería más de lo mismo; eso pronosticaba el hombre del tiempo. Estábamos teniendo un invierno inusual y los pantanos estaban a rebosar. El nivel de los pantanos. Eso ya no salía en las noticias, para mi desagrado. Me había acostumbrado a seguir el estado de nuestras reservas acuíferas, pero ahora ya no había modo; las noticias eran otras.
El clima es un recurso para iniciar cualquier conversación con un extraño, o con alguien que no lo es. Eso o los planes para las vacaciones, las fiestas de guardar o el fin de semana. O el resultado del partido de ayer. Siempre me pregunto de qué habla la gente en los bares o cuando anda por la calle con el teléfono móvil pegado a la oreja. Qué se cuentan, y qué entenderán de lo que se cuentan. Vayas donde vayas, de día siempre hay un rumor. La noche es mejor por la ausencia de palabras; la gente duerme y no habla, no dice nada, a lo sumo unas palabras inconexas e incomprensibles entre sueños a las que no merece la pena prestar atención porque mañana nadie se acordará de nada.
Levantó los ojos del plato vacío y me miró. La miré. Sus cejas se alzaron, preguntándome. Me mordí el labio.